Cuando a finales del siglo XIX los hermanos Lumière y, unos meses antes los hermanos Skladanowski, inventaron el cine, no supieron valorar la gran importancia que cobraría su invento en los años posteriores. La fotografía ya se había inventado medio siglo antes y con ella se había conseguido atrapar los paisajes y los rostros con un pretendido deseo de objetividad que la pintura no ofrecía. A partir de ese momento todos los esfuerzos se encaminaron hacia el objetivo de conseguir capturar el movimiento como si fuera en él donde residía el auténtico alma de las cosas y de los seres.


Los primeros cortometrajes se filman sólo unos años después de conseguir grabar los sonidos, la música, en los rudimentarios cilindros de cera. De esta forma el siglo XIX concluye con una propuesta de futuro inmediato en el cual se puede atrapar el movimiento no sólo con el sentido de una mera recreación cinética de una realidad que contiene la fascinación por la velocidad de los primeros vehículos motorizados, sino también con el sentido de inmortalizar un presente en constante cambio, tal vez como el río de Heráclito.
El cine es ante todo cinética, de donde toma el nombre y la cinética es también el vértigo de dejarse llevar por un mundo en cambio constante en el cual conformarse supone renunciar al movimiento intrínseco de la vida.
De la misma forma la música ya representaba ese cambio desde muchos años atrás. La música, al igual que el cine sucede en el tiempo y, por lo tanto, es en sí misma una constante transformación de los elementos vitales de los que parte, destruyéndolos para crear algo nuevo con un sentido de fascinación por esta recreación.

Músicas cinéticas pretende aplicar esta máxima también a las palabras que versan sobre música, cine y movimiento. Reflexionar sobre todos esos cambios y también sobre la relatividad einsteniana del lugar y momento de la percepción.

Y, como ya sabemos, sólo hay una forma de demostrar el movimiento.