En su faceta musical, Charles Chaplin era un consumado músico, de carácter autodidacta, que sabía tocar una gran variedad de instrumentos, incluyendo el piano, el violín y el violonchelo. Según sus propias palabras,  desde que tenía dieciséis años estudiaba entre cuatro y seis horas diarias y los fines de semana recibía clases del director musical del teatro o de alguien recomendado por éste. Es más, en un principio tenía la ambición de convertirse en un intérprete profesional de violín o, en caso de no conseguirlo, tocar este instrumento en los espectáculos de vaudeville.

En lo referente a la música de sus películas, Chaplin reconocía que asociaba la comedia con sencillas melodías y ponía como ejemplo Too Much Mustard, una pieza two-step de ritmos sincopados, escrita por el compositor inglés Cecil Macklin en 1911 que había sido seleccionada por Chaplin para la comedia Charlot, de conquista (20 Minutes of Love, 1914), un cortometraje repleto de situaciones violentas, con policías y niñeras.

Su trabajo con la Mutual Film Company le ofreció la oportunidad de conocer a destacados músicos como Ignacy Jan Paderewski o Leopold Godovsky. Posteriormente, también entablaría amistad con otras figuras relevantes del panorama musical como Sergei Rachmaninov, Vladimir Horowitz, Igor Stravinsky, Hanns Eisler, y Arnold Schoenberg, entre otros. Este último, tras asistir a una proyección de Tiempos Modernos,  afirmó que la película le había gustado mucho pero que la música era muy mala.

A pesar de que Chaplin renunció a utilizar la voz hasta El gran dictador (1940), la consolidación del cine sonoro le produjo la satisfacción de poder escribir y controlar la música que sonaba durante la proyección de sus películas. Según sus propias palabras, intentó componer una música elegante y romántica para acompañar el personaje del vagabundo en sus comedias porque, de esta forma, le otorgaba una dimensión emocional. Quería que la música fuese un contrapunto serio y encantador que expresase unos sentimientos, sin los cuales una obra de arte estaría incompleta.

Meredith Willson, uno de los arreglistas musicales de Chaplin, dijo de él en una ocasión que era un perfeccionista, que siempre prestaba su máxima atención a los detalles y que tenía una gran sensibilidad para encontrar la frase musical exacta o el tempo adecuado para expresar el estado de ánimo que buscaba.

A pesar de sus dotes musicales, Chaplin no sabía escribir música sobre la partitura. Su método de trabajo para la música del film Luces de ciudad (City Light, 1931) consistió en tararear unas melodías que había imaginado a Arthur Johnston para que este las trasladara al papel pautado. En más de una ocasión estas inspiradas melodías tarareadas por el actor y director de origen británico no eran sino plagios de canciones famosas de la época. Así, Chaplin utilizó sin ningún reparo la música de La violetera, una canción escrita por José Padilla (1889-1960), con letra de Eduardo Montesinos, en 1914. Chaplin había descubierto esta obra, en un viaje que realizó a Barcelona, en la interpretación realizada por la cupletista Raquel Meller, a quien intentó contratar como actriz principal para Luces de Ciudad. Padilla denunció el uso fraudelento de su música y, tras años de pleitos, los tribunales acabaron por darle la razón en 1934.

En la última etapa de su vida, en los años de su retiro en Suiza, Chaplin compuso y grabó la música para todos los films mudos que había realizado entre 1918 y 1923. Estas músicas son las que solemos encontrar en las ediciones modernas de sus obras pero no se corresponden con las músicas que habían en el estreno de estos films.

* Fragmento de las notas al programa escritas para la presentación de la música escrita por Ramón Sanjuán para la película La quimera del oro (Chaplin, 1925).