MÚSICAS CINÉTICAS
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La nueva Babilonia, el manifiesto contrapuntistico
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Mientras América inventaba el cine sonoro, la perfecta sincronización entre imagen y sonido, Shostakovich, al otro lado del mundo, centraba sus esfuerzos en conseguir que esa sincronía no se produjese. En 1922 Grigori Kozintsev y Leonid Trauberg habían fundado en Petrogrado la Fábrica del actor excéntrico (FEKS) en la que buscaban expresar la emoción no sólo mediante la interpretación de los actores sino también a través de la función de los objetos, entre los cuales se incluye la música, que adquieren nuevos significados al ser separados de su contexto habitual mediante el montaje. Para ello la FEKS partía de una concepción teatral que propugnaba la inestabilidad, el truco y la pantomima y que estaba influenciada por el Futurismo, el Dadaísmo y el Excentricismo.
La nueva Babilonia (1929) es fruto de la colaboración entre Kozintsev y Trauberg dentro de los postulados estéticos de la FEKS y de las ideas surgidas en torno al Laboratorio experimental de Lev Kulechov quien se había posicionado a favor de la experimentación sobre el discurso y la representación cinematográfica en la búsqueda de un lenguaje fílmico apartado de los métodos narrativos de la literatura y del teatro, marcados por su tradición burguesa. Unos años antes en La cinematografía futurista (1916) Marinetti había afirmado que el cine debía apartarse de la realidad de la misma forma que lo había hecho la pintura y convertirse en deformador, impresionista, sintético y dinámico. Precisamente esta es la forma, influenciada también por el naturalismo de Zola, por el impresionismo pictórico y por el expresionismo cinematográfico, en la que La nueva Babilonia presenta los acontecimientos históricos que rodearon la creación de la Comuna de París en 1871 tras la derrota del ejército francés por el prusiano. La composición diagonal, los grandes angulares, los saltos de eje, la ruptura de la continuidad temporal y la cámara en mano consiguen, gracias al montaje, una estética muy vanguardista acorde con estos postulados.
Shostakovich escribió la música original para La nueva Babilonia utilizando canciones revolucionarias francesas, el famoso Can Can de Orfeo en los Infiernos de Offenbach y una pieza del Álbum de la Juventud de Tchaikowski siguiendo, en principio, la costumbre de usar obras conocidas para acompañar las películas mudas. Sin embargo el público de la época acogió fríamente la música por su carácter novedoso. Lo novedoso era el estilo dinámico, irónico y grotesco característico de las primeras obras de Shostakovich pero sobre todo la falta de sincronía y el fuerte contraste entre imagen y música, entre lo real y lo grotesco que provocaba un dinamismo de ideas y de emociones en el espectador. Mientras en América se inventaba el cine sonoro, que permitía la banalidad de escuchar una trompeta justo en el momento en que la veíamos en la pantalla, Shostakovich experimentaba, siguiendo las propuestas del FEKS, con el contrapunto entre imagen y música. La sincronía nos hace percibir la música como un mero acompañamiento de las imágenes, el contrapunto permite que la música tenga un poder constructivo dentro del montaje.
Esta es la base, precisamente, del Manifiesto sobre el sonido publicado por Eisenstein en 1928, un año antes del estreno de La nueva Babilonia, y en el cual hace referencia al Kabuki, una forma teatral japonesa en la que el sonido, el movimiento, el espacio y la voz no se acompañan entre sí. El principio básico del Kabuki es transferir el objetivo emocional de un material a otro:oír la luz, ver el sonido. Eisenstein propugna que el sonido, debe ser tratado como un nuevo elemento del montaje. La experimentación con el sonido debe, pues, dirigirse hacia la línea de su distinta no-sincronización con las imágenes visuales.
Esta es la forma en la que debemos valorar y apreciar la música de Shostakovich, escrita con unos criterios que no son, lamentablemente, nada habituales en la música cinematográfica. Además, la interpretación musical en vivo del grupo BCN 216 es su perfecta projección: el perfecto contrapunto a la reproducción mecánica de las imágenes que diría Walter Benjamin.
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Músicas cinéticas
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Cuando a finales del siglo XIX los hermanos Lumière y, unos meses antes los hermanos Skladanowski, inventaron el cine, no supieron valorar la gran importancia que cobraría su invento en los años posteriores. La fotografía ya se había inventado medio siglo antes y con ella se había conseguido atrapar los paisajes y los rostros con un pretendido deseo de objetividad que la pintura no ofrecía. A partir de ese momento todos los esfuerzos se encaminaron hacia el objetivo de conseguir capturar el movimiento como si fuera en él donde residía el auténtico alma de las cosas y de los seres.
Los primeros cortometrajes se filman sólo unos años después de conseguir grabar los sonidos, la música, en los rudimentarios cilindros de cera. De esta forma el siglo XIX concluye con una propuesta de futuro inmediato en el cual se puede atrapar el movimiento no sólo con el sentido de una mera recreación cinética de una realidad que contiene la fascinación por la velocidad de los primeros vehículos motorizados, sino también con el sentido de inmortalizar un presente en constante cambio, tal vez como el río de Heráclito.
El cine es ante todo cinética, de donde toma el nombre y la cinética es también el vértigo de dejarse llevar por un mundo en cambio constante en el cual conformarse supone renunciar al movimiento intrínseco de la vida.
De la misma forma la música ya representaba ese cambio desde muchos años atrás. La música, al igual que el cine sucede en el tiempo y, por lo tanto, es en sí misma una constante transformación de los elementos vitales de los que parte, destruyéndolos para crear algo nuevo con un sentido de fascinación por esta recreación.
Músicas cinéticas pretende aplicar esta máxima también a las palabras que versan sobre música, cine y movimiento. Reflexionar sobre todos esos cambios y también sobre la relatividad einsteniana del lugar y momento de la percepción.
Y, como ya sabréis, sólo hay una forma de demostrar el movimiento.
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